Hondarribia, naturaleza, playas y pintxos en la niña bonita de Guipúzcoa   

Medieval y marinera, vibrante y melancólica, esta villa asentada en una bahía a orillas del río Bidasoa tiene el encanto irresistible de las ciudades que nacen acotadas por las montañas y el mar. En la solemnidad barroca de su centro histórico o bajo las coloridas balconadas de la ciudad nueva, la vida late en todas las temporadas del año  

Por NOELIA FERREIRO 

La confluencia del mar, el río y las montañas dibuja el marco perfecto de esta villa de hechura medieval y carácter marinero, a la que en nada afecta el cambio de estación ni las variaciones del clima. Hondarribia (o Fuenterrabía) es buen plan en todo momento, bajo el sol veraniego que ilumina sus playas, en el alegre bullicio de sus festejos o con el halo melancólico de sus días de lluvia. Por algo está considerada una de las ciudades más bellas del litoral cantábrico. 

Emplazada a media hora de San Sebastián y custodiada por el monte Jaizkibel, una cresta rocosa que se extiende entre el mar y la desembocadura del Bidasoa, a Hondarribia hay que descubrirla a pequeños bocados. Empezando por su parte vieja, la que queda aprisionada por las murallas que, en su día, sirvieron para proteger a una ciudad codiciada por su posición fronteriza.  

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RETORNO AL PASADO 

Aquí, en el casco histórico, declarado monumento histórico artístico, se emprende un viaje a la Edad Media a través de edificios tan robustos como la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y del Manzano, el ayuntamiento de estilo barroco o el castillo de Carlos V, hoy reconvertido en Parador, desde cuya terraza en la icónica plaza de Armas ya se deja adivinar el mar. 

Hay que perderse por su trazo laberíntico, admirar la Puerta de Santa María (una de las dos entradas amuralladas), recorrer entera la calle Mayor entre fachadas adornadas con escudos y balcones de hierro forjado, y recalar de pronto en la plaza de Guipúzcoa que, pese al sabor añejo que le otorgan los pórticos y el empedrado, es de reciente construcción. Bajo esta bonita estampa, es momento de tomar algo en el café Medievo (Gipuzkoa Plaza, 8). Pero si el hambre aprieta entre las murallas, no hay que perderse Danontzat (gastrotekadanontzat.com), una deliciosa gastroteca, o, para los más sibaritas, Alameda (restaurantealameda.net), galardonado con una estrella Michelin.  

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ESENCIA MARINERA 

 Pese a su efecto reconfortante, conviene salir del silencio de la ciudad vieja para descubrir a la Hondarribia marinera. Es la que se despliega por la parte baja (existe un ascensor para descender) en el llamado barrio de La Marina, donde se da cuenta de una tradición pesquera que aún ocupa el quehacer diario.

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Especialmente en la calle San Pedro (aunque también en Santiago y Santa María Magdalena) encontramos las pintorescas casas de pescadores de arquitectura vasca, con sus tejados apuntados, sus coloridos balcones (verdes, azules, rojos…) y sus lustrosos geranios. Y encontramos, además, el epicentro de la vida social: no hay mejor lugar que este para entregarse al arte de los pintxos. 

Clásico entre los clásicos es Gran Sol (bargransol.com), casi siempre concurrido y eso que no admite reservas. Pero tampoco fallan Conchita (San Pedro, 33), Maite (barmaite.com) y Bar Ondarribi (barondarribi.com), donde atiborrarse a delicias regadas con txakolí.  

Para los amantes del chuletón, no faltan los famosos asadores, ya en las afueras de la ciudad. Como Sutan (sutan.eus) rodeado de viñedos y con vistas al macizo de Peñas de Aia. O Laia (laiaerretegia.com), en una casona en el monte con vigas de madera vista y paredes acristaladas. 

MERECIDO DESCANSO  

Otro gran placer de Hondarribia es pasear por su larga playa (y los arenales de los alrededores), así como por la red de senderos que brinda el monte Jaizkibel entre maravillosos paisajes. Actividades que demandarán después un descanso a la altura de los dioses. En este sentido, la mejor opción es Villa Magalean (villamagalean.com/es/) un hotel boutique, en el club Rusticae, emplazado a los pies del casco histórico, en una rehabilitada villa de estilo neovasco de los años 50.  

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Es a la pareja de franceses, Caroline Brousse y Didier Miqueu, a quien se debe la elegancia y sofisticación de esta casa de apenas ocho habitaciones, que conserva elementos originales como vigas, azulejos, vidrieras o suelos hidráulicos, integrados en un espacio mágico que incluye salón con chimenea, spa y un patio refrescado por la vegetación.  

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Es aquí, precisamente, donde se sitúa el restaurante Mahasti, otro de los grandes templos gastronómicos de la ciudad. Un lugar abierto al público (no solo a los huéspedes) en el que deleitarse con una exquisita cocina vasca de autor, elaborada con producto de temporada. Platos a cargo de Markel Ramiro que derrochan innovación y frescura, y vinos que van desde los de la tierra hasta los grandes pagos clasificados.