Furanchos, los lugares más auténticos para comer y beber en Galicia

Si no eres de Pontevedra, es posible que no hayas oído hablar de estos populares bares de temporada que los cosecheros abren para vender los excedentes del vino de sus bodegas. La costumbre viene de lejos, de tiempos de nuestros padres y abuelos, y cada vez cuentan con más adeptos. ¡Vamos a descubrirlos!

Por ESPERANZA MORENO

Es un formato efímero, pues solo funciona unos meses al año, pero en el concello de Redondela y en la península del Morrazo lleva implantado desde hace ya más de 300 años. Una forma sencilla de disfrutar del campo gallego, de la naturaleza, de las tradiciones y la gastronomía local y también de la buena compañía.

Los furanchos (también llamados loureiros) no aparecen en la Michelin ni en otras prestigiosas guías gastronómicas. Tampoco necesitan publicidad, porque se conocen por el boca a boca. Lo mejor para llegar a ellos es preguntar a algún vecino, fijarse en los letreros que se colocan en los cruces de los caminos o en la rama de laurel que se cuelga en las puertas de estos establecimientos tan populares de las Rías Baixas, como tradicionalmente hacían los bodegueros.

VER GALERÍA

En el jardín, en el garaje o en la pequeña bodega de la casa particular, la familia de viticultores propietaria del furancho abre al público una zona de la vivienda para vender el excedente de vino de su cosecha por un tiempo limitado: un máximo de tres meses al año, entre el 1 de diciembre y el 31 de julio. Y de paso, acompañarlo de unas pocas tapas tradicionales y sencillas de la zona: pimientos, tortilla, empanadas, zorza y, al tener tan cerca la costa, algunas especialidades del mar, como las xoubas, los chocos o las sardinas a la parrilla. Por normativa, solo se pueden servir un máximo de 5 variedades de platos. Y todas ellas tienen precios económicos, adaptados a lo que se ofrece. En esa combinación de vino cosechero, comida casera y ambiente familiar reside hoy el éxito de los furanchos.

No te lo pierdas: Matrícula de honor si conoces los rincones más bellos de Pontevedra

VER GALERÍA

En la parroquia de Reboreda, en Redondela, encontramos uno de los furanchos más solicitados: Reboraina (reboraina.com). Tras cruzar su entrada de piedra se accede al jardín del pazo familiar donde se disponen desde hace ya 10 años bajo un magnífico magnolio, las mesas en las que los clientes se sientan a degustar lo que se ofrece. Enrique Fernández-Perán, su propietario, nos cuenta que «cada furancho tiene alguna especialidad, en nuestro caso: tortilla de patatas gallegas, empanada de maíz, tablas de embutidos, zorza y chorizos asados, para acompañar nuestro Albariño. Solo servimos vino propio –en la mayoría, tinto– y agua. Cuando se acaba, hay que cerrar, porque está prohibido comprar el de otros viticultores». Hay que tener en cuenta que los excedentes no son muy grandes, están entre los 1000 y 2000 litros de vino. Los furanchos abren, habitualmente, por la tarde, el de Reboraina, concretamente, de 19,30 a 12 de la noche.

VER GALERÍA

«Antiguamente, esta tradición era un método de subsistencia para los viticultores, que abrían sus casas para ofrecen el vino de sus cosechas y la gente traía sus meriendas», continúa. Desde hace un tiempo, la Xunta regula los furanchos, que se solicitan temporada tras temporada, porque muchos de ellos no están registrados y han derivado en otro tipo de negocios de hostelería, como tascas o tabernas. En la zona de Redondela abren sus puertas unos 30 furanchos, un número parecido a los de la península del Morrazo».

No te lo pierdas: Una ruta en coche por las Rías Baixas, el paraíso soñado por los dioses

En temporada, el pueblo de Cobas, en Meaño, es la milla de oro por los que buscan furanchos, pues cuenta con un buen número de estos espacios: A do Rapaz, A Roda, O Bacelo de Mari… También muy solicitados son los A Zapateira, en Mos, y Casa Martínez, en Coruxeiro, Vilaboa. Y veterano, La Palmera de Miñán, donde Perfecto Pesqueira y su mujer, Rosa Pazos, llevan 35 años sirviendo el excedente de su vino a todo aquel que pase por Marín. Apetece probarlos, pero habrá que esperar a que arranque la temporada para vivir la experiencia.