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ESTÁ DE MODA

Legazpi, el barrio madrileño que triunfa entre los 'foodies'

Ponemos rumbo al sur de la ciudad para descubrir por qué esta zona del distrito de Arganzuela despunta entre los barrios gastronómicos de moda. Hasta este rincón a orillas del Manzanares, de pasado industrial y considerado poco más que un barrio a las afueras hasta hace no demasiado tiempo, han comenzado a llegar nuevos inquilinos con propuestas gastronómicas y de diseño más que interesantes. ¿Estaremos ante el nacimiento del nuevo Soho madrileño?

by NOELIA SANTOS

El por qué de esta llegada tiene mucho que ver con el renacer de este barrio madrileño durante las últimas décadas. Primero fue la apertura del centro cultural Matadero, centro neurálgico de la nueva escena artística y de diseño de la ciudad. Después vino la apertura de Madrid Río, ese pulmón de más de siete kilómetros que se levantó tras el soterramiento de la M-30; una llegada que vino acompañada de las primeras intervenciones artísticas «consentidas» (como el puente Cáscara con el mosaico del techo firmado por Daniel Canogar) y de uno de los mejores skate park de la ciudad.

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Y ahora es el turno de los nuevos y apetecibles vecinos: cafés de especialidad, neotabernas para ir de tapeo y restaurantes que apuestan por cartas repletas de clásicos y que, sin embargo, se atreven a salir de la zona de confort más cañí para innovar con platos viajeros y de autor. Recorremos el barrio en una ruta que nos lleva desde el primer café de la mañana hasta la hora de la cena, sin salir del entorno de Legazpi. ¿Hay hambre?

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DESAYUNO: CAFÉ DE ESPECIALIDAD

Entramos en Dot Café (Eugenio Sellés, 6), posiblemente el sitio más acogedor del barrio. Su estética de diseño nórdico y su Pantone de tonos cálidos trae una de las mejores opciones para tomar café de especialidad. El suyo viene con el sello de Nomad Coffee, uno de los maestros cafeteros de Barcelona, ciudad de la que se han traído también su otra estrella de la carta los bikinis, como se conoce por allí al sándwich mixto. Solo que aquí le han dado una vuelta de tuerca, seleccionado ingredientes de calidad (incluidos la mantequilla y el pan, en su caso de tierno brioche) y apostando por nuevas combinaciones (probad el de tres quesos, chutney de piña y habanero, o del de pastrami con queso mostaza y pepinillo).

Si consigues salir de Dot, puedes alargar la mañana en La Francachela (Paseo de la Chopera, 14), la nueva y colorista propuesta del Café Naves Matadero. Lo firma el mismo equipo que ya gestiona la cocina de proximidad y hecha con productos artesanos de Medialab Prado y Talent Garden. Y además de tostadas mañaneras (aguacate con huevo, tomate y aceite…) tienen platillos para compartir como tabbouleh, humus con crudités o ensaladilla rusa.

PARA IR DE TAPEO CERCA DE MATADERO

Si hay un sitio del que todo el mundo habla en el barrio, ese es el Bar Toboggan (plaza de Rutilio Gacís, 2). Un esquinazo con buen rollo, buen vermú y torreznos para la hora del aperitivo. De hecho, esta es la tapilla estrella (y gratis) de este bar abierto por los mismos dueños de Malpica (en Malasaña), además de las raciones de tortilla de patatas, el clásico pepito de ternera o las croquetas caseras. Y en días de buen tiempo (o en tiempos de pandemia), su terraza está más que codiciada.

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Por otro lado, los amantes de las conservas encontrarán en Ultramarín (Jaime el Conquistador, 31) un refugio perfecto. Una tasca que lleva el sello de Costello Río (el primer inquilino de nueva generación que llegó al barrio hace ya algunos años) y Costello Club (la sala de conciertos que hay junto a la Gran Vía). Aquí lo que manda es el laterío fino y los embutidos para tomar rodeados de alacenas repletas de productos gourmet. Sus grandes ventanales son todo un reclamo cuando se trata de alargar la mañana.

LOS MEJORES RESTAURANTES PARA COMER EN LOS ALREDEDORES

Porque no solo de tapas vive el foodie a este lado de Madrid, existe un puñadito de direcciones que merece la pena conocer a la hora de la comida. La primera, Barrafina (Guillermo de Osma, 19), una oda al producto de mercado. Como la típica casa de comidas, con pizarras de tiza blanca que desvelan platos y vinos. Un local de espacio reducido, carta de temporada y jefe de cocina trajinando delante del comensal, de nombre Luis Alcázar. Y aunque se puede comer de tapeo, lo ideal es reservar mesa para trinchar a gusto su lomo de vaca madurado, acompañarlo de unas gambas plancha, unas croquetas de cecina o incluso un bao de panceta de Pekín.

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Después de esta fusión asiático cañí, ponemos rumbo a Argentina, porque muy (pero muy) cerca de aquí se encuentra Mamá Rosa Restobar (Alejandro Saint Aubin, 1), una taberna que ha hecho de la verdad de la milanesa todo un estilo de vida. En carta, desde empanadas caseras a pasta fresca artesana, aunque su gran especialización es ese plato de origen italiano popularizado por la cocina argentina. Martin, cocinero y propietario, lo hace al horno y se puede elegir entre dos tipos de carne (pollo o ternera), o incluso vegetariana. Decantarse por la mediterránea, la capresse, la Pampa… ya es más complicado.

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Quienes busquen algo más típico lo encontrarán en Macarena (Rodio, 6), un restaurante que ha sabido acercar lo mejor de las playas del sur hasta esta orilla del Manzanares, incluso en la estética repleta de azulejos blancos y suelo de terracota. Eso sí, con una chispa de fusión en carta. O lo que es lo mismo, la tradición andaluza de base (pescaíto fresquísimo), combinada con ingredientes emblemáticos de las cocinas del mundo: desde su camarón taco Mex al tiradito de Barbate con yuzu y aceite picual. Y muchas opciones cañís: espeto de sardinas, atún de almadraba y carrillera de retinto son solo tres buenos ejemplos.

A MEDIA TARDE, ¿UN DULCE O UNA CERVEZA ARTESANA?

Ya es hora de merendar. Quien busque algo dulce que llevarse a la boca, puede acercarse hasta Bite Me Café (plaza Beata María Ana de Jesús, 2), un obrador de doughnuts artesanos, elaborados con ingredientes frescos, ecológicos y de temporada y que, además, cuentan con la particularidad de ser veganos. Se llaman «halos», recién hechos cada mañana y para elegir cuentan con sabores tan apetecibles como pistacho y pera, lemon cream o cheescake de mango y matcha, además de los clásicos de chocolate, vainilla o canela y azúcar, y hasta alguno más que atrevido, como el de pizza hawaiana (piña incluida).

Si, por el contrario, alguien prefiere un buen trago a media tarde, justo antes de la hora de la cena, lo encuentra en Bodega Salvaje (Jaime el Conquistador, 25), una taberna que ha hecho de las cervezas artesanas su reino (cervezas que, por cierto, formaron parte de la carta de DiverXO). Como en toda buena taberna, aquí cada ronda se combina con tapas y platos típicos, en este caso de acento manchego. Porque los hermanos Quintanar, sus propietarios, son de un pueblo de Castilla-La Mancha, de ahí que las gachas, el pisto y el amarillo sean las protagonistas de su carta de raciones.

HORA DE CENAR, ¿DÓNDE IR?

Ahora que las terrazas están más que demandadas, conviene saber que hay una plaza justo enfrente de Matadero famosa por su terraceo. Y es ahí donde se encuentra esta propuesta: La Fuga de Maroto (plaza General Maroto, 2), un restaurante muy de platos para compartir, consagrado al buen producto y la cocina casera, y con una terraza de grandes dimensiones. La carne es la estrella de la carta, ya sea en versión hamburguesa o en cortes más especiales, como el lomo bajo de ternera. Pero tampoco faltan los guisos contundentes, desde albóndigas estofadas a lentejas. Y como lo vegetal es tendencia, también hay sitio para las propuestas vegetarianas en su carta. Ojo a su wok green con noodles y salsa teriyaki hecha por ellos mismos.

Siguiendo con la estela healthy, un clásico del barrio: La Cantina de Cineteca (plaza de Legazpi, 8), el restaurante interior de Matadero regentado por Olivia te cuida, unos maestros de la cocina saludable, ecológica y vegetal. Eso sí, como el público es más que variado (desde familias con hijos a artistas recién salidos del teatro o grupos de amigos bohemios), la carta ofrece un poco de todo: desde pizzas y mezzes a boniato al horno, bulgur y diferentes tipos de ensaladas. Cuando el tiempo lo permite, su patio exterior es toda una delicia.

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Y como las opciones en esta zona de repente se han vuelto infinitas, ahí va una tercera propuesta: La Veritá (Embajadores, 181) que, además de heladería artesana (su fachada y su mostrador de sabores no deja lugar a dudas de eso), esconde todo el sabor de la gastronomía italiana más callejera. O lo que es lo mismo, un canto a las pizzas, las focaccias y los paninos. Y todo con ingredientes «de verdad» (como el nombre), sin grasas saturadas ni azúcares añadidos, ni en los helados ni en las propuestas de la carta. Y eso que desde fuera solo parecía una heladería más… Bienvenidos a Legazpi.

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