Reina Isabel en el funeral del Duque de Edimburgo

La Reina en solitario, un estrujante símbolo de su nueva vida como viuda

La monarca ha despedido al amor de su vida con la fortaleza que ha caracterizado su reinado

por Carolina Soto

Si el 9 de abril será uno de los días más difíciles en la vida de la Reina Isabel, este 17 de abril podría ser el segundo. Ha sido el día en el que la monarca se ha despedido del amor de su vida, el Duque de Edimburgo. Aquel hombre al que conoció cuando era apenas una adolescente y que la deslumbró desde el primer encuentro que se dio en el colegio naval de Dartmouth, a donde acompañó a sus padres para una visita. Ese momento de 1939 parece tan lejano ahora, tras 73 años de matrimonio, cuatro hijos, ocho nietos y diez bisnietos -más uno en camino- han marcado la vida de la Reina. Por primera ocasión desde que comenzó su reinado, no tuvo a su eterno compañero a su lado y para marcar un momento tan doloroso como éste, la monarca decidió sentarse en solitario en la Capilla de St. George para vivir su duelo con la dignidad y solemnidad que ha enfrentado todas las pérdidas que ha tenido que enfrentar ante la mirada pública.

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Tal como se había anunciado, la Reina viajó en automóvil con una de sus damas de compañía, la única persona que estaría con ella antes de entrar al recinto. Mostrándose entera, bajó del automóvil con una agilidad de envidiarse a sus 94 años, pero esta vez, la mirada veía hacia abajo, en muestra de lo que estaba viviendo. Pero, como suele hacer, cumplió con el día como estaba planeado e hizo frente a lo que estaba por venir, una ceremonia plagada de simbolismos elegidos personalmente por el Príncipe Felipe.

Mientras sus hijos, especialmente Carlos y Anne se mostraban completamente conmovidos desde su salida en la procesión, el cubrebocas y el sombrero ayudaron para que la Reina pudiera vivir su duelo en privado. Las imágenes hablaban por sí misma, la Reina sentada en solitario en la Capilla de St. George, a diferencia de sus hijos, ella no tuvo a nadie alrededor. Mientras Carlos tuvo a la Duquesa de Cornwall y el Príncipe Eduardo estivo rodeado por el apoyo de sus hijos y su esposa, la monarca decidió marcar el inicio de su vida como viuda como tendrá que llevar los próximos años, sin Felipe a su lado.

Tal como se esperaba, la Reina no llevó un velo para este funeral, el cual está reservado para los funerales de los reyes, tal como hizo en 1952, en el último adiós a su padre, cuando tanto ella como su madre y hermana marcaron el duelo con largos velos que no dejaban ver sus rostros. En esta ocasión, siguió el mismo protocolo que llevó en los funerales de la Reina Madre y la Princesa Margaret, que se llevaron a cabo con apenas unas semanas de diferencia en el 2002, en un trágico giro del destino.

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El broche que no llevó

A pesar de que se hubiera pensado que en esta ocasión podría haber llevado el broche de crisantemo, con el que ha marcado algunos de los momentos más especiales de su matrimonio, comenzando con los retratos oficiales de su luna de miel y en los años recientes, en las imágenes para conmemorar su aniversario de bodas. El tamaño y el color de la joya no iban de acuerdo con la importancia de este evento. Es por esto que no ha sorprendido que para un día tan solemne, la Reina haya elegido uno de sus broches más grandes, el Richmond brooch, que perteneció a su abuela, la Reina Mary. En un gesto cariñoso, éste era uno de los broches que usaba al principio de su matrimonio, cuando era la esposa de un marino.

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